En una tarde de primavera, encontrábame yo, don Fernando, paseando y contemplando las maravillas que la ciudad de Barcelona ofrece al que caminar le place, dejando la retina yendo a su libre albedrío y encontrando la belleza por donde menos se la espera por el final de la Rambla de Barcelona, paseo éste conocido en el mundo entero, y que aquél que no lo conociera va cojo en percibir maravillas, pues no hay mortal que no lo hayo oído nombrar aunque fuera de referencia. Hallé cosa curiosa e interesante, una casa que era un museo, donde parecía que vivían personas que eran de cera. Una casa que era un museo, donde se exponían personalidades conocidísimas en el mundo entero. Y sin apurar mucho el pensamiento, vínome a la imaginación que lo que allí hallara, no sería tiempo mal empleado ni gastado en balde. Determiné en buena medida, y como mejor idea, pagar entrada y tributo para acceder a la casa donde las personas eran de cera. Una vez dentro y con la aventura emprendida, recorrí todas las estancias, fijándome al detalle y a cada cual encontré más buena, siempre, bajo la fría mirada de unas personas de cera, que daban a aquella casa un toque de encantamiento y otro no sé qué de misterio.
Y como el tiempo no perdona y la hora era más bien avanzada por ser costumbre de relojes, el museo a la noche se ceraba echando el cerrojo hasta nuevo día. Y estando mi imaginación más pendiente de lo que veía que de la hora que se me echaba encima, pasóme el tiempo como la vida misma. Cerrábase el museo a cal y canto cuando fue su hora, quedando yo, don Fernando, encerado en él, sin darme cuenta y sin ser visto de nadie. No encontré puerta ni ventana por donde poder darme salida. Encerrado y prisionero me quedé en este sitio. Eso sí, como séquito y compañía, las personas de cera, me acompañaban inmóvibles y estáticas en sus tarimas y pedestales, como es propio de tan particulares moradores de tan fantasmal morada.
Gran respeto me causó la situación, circunstancia y momento.Y como veía como cosa compleja hallar solución al problema en el que me hallaba.Y, habiendo visto que se tardaba solución a mi problema, tomémelo lo que se dice con filosofía, entendiendo y sufriendo en carnes en eso que llaman aventura, pues todavía dudaba de la verdad de mi circunstancia y el yerro de mi despiste. Busqué la salida una y otra vez por loscuatro costados de la sala. Y al no hallarla, preocúpome lo justo y lo medido, colmando a mi mente de preguntas y demandas, cada una con mil males. Viéndome sin remedio que había quedado preso de mi desorientación, aceptó mi entendimiento que iba a pasar noche en aquel mundo que parecía encantado, donde las personas que eran de cera, no se inmiscruirían con mi persona ni replicarían palabra alguna, pues de cera estaban hechas todas ellas y no de carne como el que esto cuenta.
Determiné yo, don Fernando, aprovechar la circunstancia. Y para hacer andar al tiempo, caminé una y otra vez por todas las estancias del museo de solo a solo con aquel mundo lleno de gente de cera, donde allí nadie se movía y donde reinaba un perpetuo silencio que asustaría a un espectro. Recorrí la sala llamada del "Recital", que es una sala donde se instalan la música y sus artistas. Cousáronme admiración los músicos, Andrés de Segovia con su guitarra y Pau Casals con su violoncelo. En la sala de "Dictadores y pacificadores" acerté a echarme a un lado para que no me viesen en exceso, pues allí, se encontraban nada más y nada menos que personajes de la talla como Adolf Hitler, Benito Mussolini y el General Rommel, que suelen ser personajes que aunque sean de cera, generan poca confianza y activan el asustador mecanismo de defensa y prudencia. Quédeme más tranquilo al aparecérseme la figura de Charles Chaplin que me engendraba más confianza que las anteriores. En la sala de "Artistas y de genios", me encontré con goya y la "Maja"; con el Greco y Velázquez; con Salvador Dalí y su musa Gala, personajes que en principio habían aportado más sustancia y ocurrencia a la sociedad que los dichos anteriores. De las parejas famosas, llamárome la atención Marco Antonio y Cleopatra, y Napoleón y Josefina. En una sala "Dramática", estaba representada la enfermería donde el gran torero Joselito cambió la vida carnal por la divina, a Dios como testigo y el demonio en forma de morlaco para llevárselo a los cielos. En "Viajes fantásticos", me encontré con Amundsen y Julio Verne, excelente explorador el primero y a la zaga el segundo le seguía salpicando de tinta el papel donde escribía. Y en la sala de "Terror", y estando en mi soledad como única compañera, empezaba a acentuárseme la aprensión al ver a Juana de Arco apunto de arder en llama, pues el fuego, que dicen que lo purifica todo, también puede llevar al error de lo purificado. A su lado y no muy lejos, la cabeza de María Antonieta estaba guillotinada en un cesto, separada del cuerpo y, a su vera, un ahorcado y un empedrado. Con muestras de mucho cansancio y, viendo que ya había visto todo aquello que había de ver, sentéme yo en un banco de esos de madera y quedéme dormido en un petecible sueño.
En estas, que yo, don Fernando, en un estado de sueño en fase de vigilia, alertáronme unas palmaditas en la espalda notando la presencia de alguien que no era ni más ni menos que el hombre que custodiaba aquella morada de noche. Guardián del silencio y de las personas de cera.
Y así me dijo:
-A las buenas noches buen hombre, que el horario de visita ya ha cumplido. Y que por lo que veo, que a usted se le ha ido el tiempo a lcielo sin saberlo y sin darse cuenta. Y dígole, como guardián de noche de esta casa, pues ese es mi oficio, que en aquí, donde las figuras son de cera, no hay posible salida hasta que llegue el nuevo día.
A lo cual contesté:
-Que me habéis asustado de grado, amigo vigilante. Que me llamo don Fernando, y como aquí parece, y que si esto no es engaño de mi entendimiento, el tiempo se ha ido a donde más gustase. Sea en buena hora nuestro encuentro amigo vigilante, que si hemos de hacer noche juntos yo daré traza para no comprometerle.
A lo cual me dijo el vigilante:
-Fuera bueno a ver si halláramos solución para pasar las horas venideras, y sacar provecho de su despiste, estese vos muy atento, pues ya se dice que la verdad puede ser castigo para aquél que la quisiera encontrar. Y que le cuento todo esto como hombre de prudencia, no sea que diese algún paso que no desease de andar.
Incorporábame yo, don Fernando, de la banqueta donde había hechado descanso, con el cuerpo inclinado y la cabeza turbia en fase de sueño, preso de una incertidumbre que por hacer pasar tiempo empecé a decir palabra y comenzé charla con mi nuevo amigo. Quedé prendado de un detalle, al ver un reloj colgado en la pared cuyas agujas no marcaban hora alguna, pues de ellas carecía. Y paréceme a mí, que un reloj no marca las horas es pensar cosa absurda, determiné por preguntar para disipar la duda.
-Amigo vigilante; ¿como es que aquel reloj allí colgado y suspendido, no marca las horas como sería de menester?
El vigilante echó mirada y me contestó con otra pregunta:
-¿Cómo puede un reloj marcar las horas siendo de cera?
De repente, y como si cosa del diablo se tratara, algunas figuras de cera empezaron a bajar de sus pedestales y parecía que cobraban vida. Iban unas de aquí para allá, iban otras de acá para allí. Atónito quedé, y empezando a temblarme las piernas como a un títere cuando su amo le mueve los hilos sin control ninguno, al contemplar trémulo, lo que mi persona estaba viendo de manifiesto. Y como no era cosa normal, dudé de que mi sueño pasara a pesadilla en un instante, pues, no acertaba de ver si aquello era real o enfermedad de la mente, que, a veces, suele desordenar los pensamientos y confundir las cosas. De improviso, y con una tranquilidad muy aparente, y como si fuese cosa hecha de cada día, empezó a saludar el vigilante a las figuras de cera, que iban bajando de sus pedestales, incorporándose como cosa de lo más normal al mundo de los que tenían vida.
Se percató el vigilante de la blancura de mi semblante y el pasmo que reflejaba mi rostro. Y dijo éste para tranquilizarme:
-Sepa usted, amigo don Fernando, que aprenderá más una noche aquí que leyendo un millón de libros. Pues aquí, se encierran misterios que yo presto y gustosamente le contaré con suma diligencia si antes no cae en desmayo o pensamiento de locura. No se alarme ni dé muestras de miedo, que de todo hay explicación y entendimiento, aunque ahora no lo vea ni por asomo.
-No pongo en duda sus palabras- ledije-. Más, sería menester que comenzara a darme explicaciones y razones contundentes antes de que piense que estoy en profundo sueño. Y que lo que aquí estoy viendo sea travesura de la fantasía del siempre traicionero sueño, o fruto de todo el juicio perdido. O peor cosa, que fuera empresa del diablo, que tengo entendido, que éste, al ser un gran insomne, nunca duerme y hace camaradería con las almas que de noche se les resiste el sueño. ¡ Pellízqueme si no es verdad todo esto !
-No tema usted, don Fernando, y no se extrañe amigo mío de que ls figuras cobren vida, pues siendo la cera una manera de inmortalizarse y de conseguir la vida eterna, no hay más miedo ni más temor que el que pueda dar usted a ellos. Pues no es costumbre ver a los vivos de carne y de hueso mezclándose entre los de cera. Que para ellas, a estas horas de la noche -que ya son las doce dadas-, todo funciona al revés de lo acostumbrado, y es cosa ésta , que llevan en secreto y que no sabe casi nadie. No temáis pues, que yo me encargo con diligencia a presentarle y mostrarle uno a uno, de sus defectos y de sus habilidades, pues es singular y bien distinta la historia que cada uno encierra. Y que si alguno le negara el saludo, no se apure ni ofenda usted, pues de todas las condiciones, índoles, naturaleza y entendimientos hay aquí representadas.
-No es terror ni temor alguno lo que aquí advierto, amigo vigilante. Pues mi vida ha durado ya bastante como para asimilar y calibrar la empresa que aquí se ve y que aquí se halla. mas, ya que el destino así lo ha querido, no le placería otra cosa a mi entendimiento no pensar que es cosa de demonios y embrujos lo que aquí se está engendrando.
Al oir estas palabras de boca de mi persona, escapósele al vigilante del museo una sonrisa que le cubría toda la cara. Y de repente, y como cosa de lo más natural, el vigilante empezó a hablar con las figuras de cera:
-Despertad las más perezosas, que ya es vuestra hora, almas de la noche, para hacer lo que os plazca pero con respeto a las leyes que os limitan. que a veces, entrais a discutir en razones de las que no alcanzáis el diálogo y alabáis a vastas maniobras como vulgares truhanes. Sed prudentes y mejores galanes, y no os hagáis ministros de justicia que es un don este que no os pertenece por ser figuras de cera.
En éstas, que el vigilante le dice al siempre revolucionario Che Guevara que discutía en razones con otro militar de alto rango, que también era de cera pero de distinto pensamiento.
-Apagad ese maldito cigarrillo insensato, que es materia peligrosa para las figuras de cera, pues no sólo la cera de una vela arde, sino que también arden las figuras de cera como la que vos estaís hecho.
El joven guerrillero, advierte aunque sea de cera, que el guardián tiene mando en esta batalla. Pues se dice que los galones entre los muertos carecen de plaza y de mando.
En éstas, que estaba yo, don Fernando, maravillado de lo que allí veía y me entraba por todos los sentidos, teniendo los ojos más abiertos que ventanales de balcones. El alma, cogida en un puño que me apretaba en todo el pecho y que me dificultaba la respiración, pareciendo estar en un estado de apnea, que es falta de aire.
De repente, el mariscal Rommel, que en principio parecía de cera, hízome señales y gestos a mi persona para que me acercara y entrara en palabras con sus compinches Hitler y Mussolini, militares de mucho rango que siempre generaron más desconfianza que crédito alguno.
A lo que el vigilante me dijo con seria advertencia:
-Atento, amigo don Fernando a según con qué amistades y tratos entráis, pues aunque los que aquí se hallan en su mayoría son gentes de buena fe y mejores intenciones, hay algunos que lían en sus redes como la araña a su presa. ¡ Ignorad a estos caballeros que sólo os pueden traer problemas !
En esto que la figura de cera insistía en su ofrecimiento, y dirigiéndose a mi persona así me dijo:
-Amigo don Fernando, estese atento a lo que le cuento, pues yo le sabría dar solución a su dolor y ponerle fin al camino hacia la muerte, burlándonos de ella como el bufón suele mofarse de la corte, pudiéndole convertir en figura de cera y permanecer entre nosotros siendo la envidia de todo muerto. Piense usted, don Fernando, que todo el tiempo que viva de añadido, será igual a la soledad envidiada por los muertos en su sepultura sin acompañar al alma a salir del cuerpo. No le asuste tal empresa, pues en el mundo de la carne y del hueso se sufre y se padece, y aquí, basta con estarse quieto e inmovil de día para que de noche se viva sin más sufrimiento ni dolor que el de no moverse de día. Pues, es éste, un maravilloso modo de conseguir la vida eterna.
A lo que yo, don Fernando, le dije:
-Creo yo, y espero no caer en yerro, que es condición de la noche que las personas duerman y no despierten como hacéis vosotros, figuras de cera. Y que agradezco su interés por aliviar mi dolor. Pero yo, don Fernando, al final del juego de la vida, veo que la llama de mi candil se esta apagando por ley natural y del destino, y que veo como cosa del diablo, pedir más cartas de las que me son de menester cuando ya está acabando la partida. Pues la baraja, tiene las cartas contadas, y es propio de tramposos e ingratitud de caballeros hacer engaños con la muerte y en el juego, para romper las reglas y convertirse en alma tramposa y de segunda categoría. Pues sería cosa mala manipular la baraja como un trilero, cuando las cartas que se me han dado no son de mi agrado. Y no sé, si Dios, allá arriba, sabría darme licencia para que yo, un simple mortal, intentara cambiar su voluntad divina. Pues Dios NUestro Señor, nos da unas cartas que tenemos que jugar en el transcurso de nuestra limitada vida. Y a los tramposos y a los trileros -con perdón y sin querer ofender a nadie-, a buen seguro que arden en el infierno, que es sitio donde mejor ardería la cera, pues otras materias menos combustibles hacen llama en las calderas del diablo tanto de noche como de día. Váyase el cadáver a la sepultura que es tierra de los muertos, y el alma a los cielos que es su lugar habitual. Pues los muertos, es costumbre que estén bajo tierra por ser ese su sentido, por ley de la vida y de la muerte también. Y que las ánimas, deben de subir a las más altas instancias limpias como patenas, pues hacer las cosas del revés es ir contranatura, y con esta empresa que usted a mí me ofrece, mi alma no tendría la misma virtud y calidad que se le exige a todo cristiano. Ya que la eternidad sería un martirio, y a los ojos de Dios y a la gula del diablo digno de gran castigo. Pues el juez dicta sentencia, la ley aplica, y el reo cumple condena. Así ha sido siempre y así debe de seguir siendo.
En estas, que la figura de cera insistía en sus pláticas y argumentos:
-Sabed, amigo don Fernando, que el diablo no penetra en la cera. Pues éste, es nuestro escudo, impidiendo al alma salir del cuerpo, pues en estos menesteres mejor ir prevenidos y equipados. Os ofrezco con cortesía vender vusestra alma y poder hacer un trueque. Rechazáis ir a lcielo, que por lo que me han dicho es cosa aburrida. A cambio, os ofrezco una vida eterna aunque sea de noche y en las tinieblas. No toméis a la muerte como una sentencia pudiendo engañarla como a un niño y elegir vivir una vida eterna. Que aunque podamos parecer fantasmas o almas en pena, no lo somos de ninguna manera, ¡que caray!, somos figuras de cera y no hay porque buscarle tres pies al gato cuando éste no lo tiene. Piénselo usted, que yo le doy margen y maniobra, y hágame saber alguna cosa antes del nuevo día, porque a esa hora, yo ya estaré inmóvil en mi pedestal y no podré contestarle ni replicarle en nada, no por mala educación, sino porque figura de cera soy. Y ahora, me sabrá disculpar, pues debo de hacer unas diligencias con ciertos caballeros.
-A su atención quedo. Y que antes de que salga el sol, sabré darle repuesta más sensata en la medida de mi entendimiento. Pues esto hay que pensárselo.
-Me hago una idea. Esperaré pues us respuesta.
No pasó ni una hora, cuando la figura de cera me pidió contestación. Y así le dije:
-Que a esta conclusión yo he llegado a su insitente petición, que a la vez es algo absurdo para la razón: me niego a forrar mi ánima de cera, y de muy buena gana me voy al cielo, mas, advertiros quiero, que con esta verdad, os digo que: en esto de pactar con el alma, no quiero deber ni que se me deba, y poder subir al cielo límpio, puro y con las cuentas claras, ni hacerle a Dios desprecio ni burla como todo buen cristiano. Pues el hombre, tiene su destino escrito y no pretendo engañar a la verdad con la mentira. Yo no quisiera ser tercera persona a los ojos de Dios, ni sonámbulo perdido en un sueño camuflado de cera. Ahora soy hombre y luego seré espíritu. Pero me niego a ser de cera, pues mi alma quedaría atrapada en tan sutil e ingeniosa materia. Ya me guardaré yo de la ira de Dios. Pues el alma hay que cuidarla y encomendarla al cielo, que suele ser el procedimiento para conseguir la paz eterna. Sed de cera si queréis amigos míos, pero sabed y ateneos a las consecuencias. Y yo, don Fernando, os hago esta pregunta: ¿Lloráis las figuras de cera? Y si así fuera, qué sabor tienen vuestras lágrimas, que las buenas salen del corazón y suelen ser saladas, y que las falsas engañan con mil sabores todos amargos como el vinagre. No quiero ser de cera pues, ni tampoco que se me cierre el cielo que casi a pulso me he ganado. Y, A propósito de la vida; amigos míos, yo os digo que la divinidad de vuestro ingenio para engañar y hacer fraude al destino y romper los juramentos del buen cristiano, puede ser el peor de los castigos. Y que yo, don Fernando, me contento con ir al cielo antes de hora que arrastrarme por las tinieblas, porque después de muerto, no hay cera sino paraíso.
Y por decir, os digo más:
No quisiera ser instrumento del diablo aunque me ofreciérais ocasión más favorable. Y como la cortesía no está reñida con las buenas maneras, así os digo; Los escritorios para el escribiente, el navío para el navegante y la cera para las velas, para que arda y se consuma, que suele ser su función natural. Pues vos, en vuestra cera tenéis vuestra propia sepultura. Infinitas gracias, pero no me interesa tal empresa. Pues, no hay sentencia con pena más severa, que la de vivir eternamente, no pudiendo ir al cielo por estar privado de la habilitación que a toda alma pura se le exige. Siendo pura locura engañar al destino que ya está escrito.
-Entendemos vuestras razones y no hay más que insistir en el tema. Sino queréis ser inmortal, aunque sea siendo de cera, y preferís vivir entre los muertos bajo tierra, allá vuestro acierto y aventura. Y como le veo un poco de asustado y su cuerpo húmedo y caliente como les suele ocurrir a los vivos, mejor matamos aquí el tema, pues el sudor de su cara nos derretiría, que como vos ya sabe, somos de cera.
En éstas, que ante tal agotamiento, quedéme dormido de segundas otra vez, más por cansancio que por velar el sueño. No debieron de pasar más de dos horas, cuando noté presencia de personas. Abrí los ojos y pude ver el sol entrar por las ventanas, de la misma manera que dos hombres vestidos de uniforme así me decían:
-Que sabrá dar explicación su persona por pernoctar en morada ajena, pues ésta, implica el allanamiento de la misma. Y que, si su explicación no nos fuera de convincente, le pondríamos en presencia de autoridades.
Escuchando esto, yo, don Fernando, levanté la mirada y dí razones y referencias:
-Que sabrán ustedes disculparme, que de los descuidos de los ancianos a veces quitan verdad a la lógica. Y estense tranquilos que ahora mismo les doy razón de mi presencia, y verán como se lo digo de carrerilla. Y que les cuento esto que aquí viene, estando tan despierto como si no hubiera dormido.
Expliqué con claridad y transparencia que su compañero vigilante, guardián de noche, me había dado licencia para pernoctar en el museo por no ser posible la salida.
A lo que los vigilantes contestaron:
-Que sabrá usted disculparnos antes de entrar en discusión en esta controversia. Pues sepa usted, que de noche no hay más vigilante ni cuerpo de guardia que las propias figuras de cera.
En estas, que yo, don Fernando, alzando la vista, veía con estupor a aquel hombre que iba uniformado y que había sido anfitrión toda la noche, sentado en una silla al fondo de la sala. A lo cual indiqué con precisión.
-A ese señor es al que me refiero.
A lo que los vigilantes contestaron:
-A ese que os referís, también es figura de cera y forma parte de la galería de personajes que aquí se exponen.
En estas, que mi estupor iba en aumento, y comencé a pensar, que aquel hombre que fue mi anfitrión de noche, era cosa del diablo, que se suele disfrazar de todo, una cosa mala y del otro mundo. Pues mi mente empezaba a razonar lo que no quería y empezó a imaginar si todo fue verdad o fue mentira. Que, o, que yo me engaño, o esto ha de ser la más famosa locura que me haya pasado en vida. Y que mirando el reloj de mi pulsera, pude ver que coincidía mi hora con el reloj de cera, que la anterior noche de manecillas carecía.
FIN DEL CAPíTULO VII
giverny dijo
¡Claro que la mereces!...pero todo en esta vida es muy duro y más si no tenes "padrinos"...no quiero desilusionarte y te deseo la mejor suerte para ti.
Te envío un mail a tu privado.
Saludos
28 Octubre 2007 | 09:01 PM