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La Coctelera

SERGIO FARRAS

escritor tremendista

26 Octubre 2007

La novela: "A propósito de la vida"

 

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HOMENAJE A PEPE RUBIANES. NO PUEDES DEJAR DE LEER ESTE ARTÍCULO....

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Como escritor "tremendista" que soy, creo conveniente amigo lector y lectora, de tener la cortesía con vosotros de que podáis leer algunos capítulos de mi reciente publicada novela: A propósito de la vida (El último caballero) Con la humilde intención de ser leído... del todo. Y por si fuera de vuestro interés y os animárais a adquirir la novela completa. El que aquí suscribe, con la humildad arraigada, un día se atrevió a darle a la imaginación y a la pluma, con esfuerzo, ilusión y muchas horas invertidas, siendo el resultado el que por cortesía de este autor llega a vuestras manos. El autor, tiene claro que la última palabra de cualquier novela... la tenéis vosotros, lectores y lectoras.

Vuestro para siempre.


LA NOVELA HA RECIBIDO LA FELICITACIÓN Y CONSIDERACIÓN DE LOS SIGUIENTES ORGANISMOS, ASOCIACIONES E INTITUCIONES

- Ateneu Barcelonés- Instituto Cervantes- Real Academia Española de la Lengua (diploma bibliotecario)- Museo de Cera de Barcelona- Casa Museo Lope de Vega- Fundación Caja Madrid- Casa Valencia- Café Gijón (Madrid)- Forum Café (Barcelona)- Dep. de Cultura Ayuntamiento de Guadalajara- Museo de Cera de Madrid.

A propósito de la vida (El último caballero)

CAPÍTULO I

Por un sendero, que conduce a una vereda de estrecho y poco trillado, donde Dios, con buena fe, intenta que cultura y mercadería hagan comunión. Libros esparcidos por el suelo, amontonados como chatarra, desordenados y sin clasificar, de todo tipo de géneros y temas de lo más divertido que descansan en paz muy a su pesar. Historias contadas con ternura que pertenecen ya al recuerdo, sentimientos almacenados, vibraciones y sensaciones de la vida, plasmadas con letra de imprenta antigua en un viejo papel que sólo el aire acaricia. Unos metros más abajo, un hombre de unos treinta años pregunta:

- ¡Jefe!, ¿a cuanto los libros?

- A dos euros, tres por cinco euros.

Los mercadillos y los rastros son perfectos oasis de un desierto de lo usado para los intelectuales, y los que sin serlo, les place el leer. Libros esparcidos por el suelo, a veces con desprecio, a veces por ignorancia, que cuentan mil y una historia llevando alguna verdad. Las revistas subidas de tono son más caras. Las revistas subidas de tono valen cuatro euros. Las buenas novelas hace tiempo que ocupan otros lugares en los ambientes de los mercaderes de lo usado.

- ¡Jefe!

- ¿Qué?

- ¿ Si me llevo diez me los deja a un euro cada uno ?

- Vale.

Los mercaderes de libros usados del mercadillo y rastro de Barcelona, no suelen regatear mucho tratándose de libros. Sólo regatean al alza con las revistas subiditas de tono y si se les pide un escritor concreto. Se comprende, que el simple interés de un autor ya cotiza.

-¡Jefe!

-¿Qué?

-¿Tiene algo de Federico García Lorca?

-No sé. Todo lo que tengo está por ahí. Si buscas, seguro que algo encuentras.

Los mercaderes de libros de mercadillo y rastro no suelen calibrar mucho en esto de los autores. Cuando no los conocen, te hacen revolver en una basta montaña de libros, por si acaso se tercia lo que se busca. Así, de esta manera, quedan bien y parece que entienden.

-¿Jefe!

-¿Qué?

-¿Si me quedo con toda la remesa me los deja a un euro?

-Bueno, pero sólo los que todo son letra y que no tienen fotos, ¿eh?

El mercader mira de reojo a un joven adolescente con cara de indeciso y probable pecador compulsivo en sus horas libres. En los mercadillos del rastro, uno se puede meter en más de cien mundos buscando la ilusión de la palabra. Una palabra usada, que no es virgen, pero sigue siendo pura como el primer día. Los libros de mercadillo y rastro, lo más probable, es que fueran adquiridos por primera vez por alguien que verdaderamente sabía lo que quería leer. Luego, lo revendió, lo olvidó o se lo dejó a alguien que nunca más se lo devolvió. Y acabó en mercadillo y rastro a dos euros, tres por sólo cinco euros. Los libros usados tienen su encanto. Uno, se imagina por pura lógica que ya han sido leídos. O si más no, ojeados. Han pasado por otras manos. Algunos tienen más de cincuenta años. EL libro, si es usado y antiguo desprende ese aroma del paso del tiempo. Ese aroma gastado y amarillento donde parece que la historia que se cuenta todavía tuviera vida. El libro nunca muere. Se amontona, se deja a la interperie, cae en manos ignorantes. Pero nunca muere.

-¡Jefe!

-¿Qué?

-Nada. Ya pasaré la semana que viene. -Bueno, como quieras.

Ramón Cárdenas Murias, todavía recuerda que un buen día hace tres años cansado de casi todo, decidió retirarse y hacerse monje y religioso. Ramón Cárdenas no tenía amores ni un trabajo fijo que le frenara en su decisión, tenía ganas de encontrarse a sí mismo y aprender sólo en ciertos sitios y que no salen en los libros. Ramón Cárdenas tenía ganas de encontrarse con Dios, cara a cara. En los monasterios, Dios suele estar más cerca, más accesible. Ramón Cárdenas se fue a un monasterio de noche y con alevosía, como un caco. Dejó lo poco que tenía para dedicarse a una vida de contemplación, una vida religiosa, cabalgando entre la teología y la filosofía que no necesariamente siempre se dan la mano. Aunque sabía perfectamente que estudiar filosofía no le haría FIlósofo. Para ser Filósofo se ha de aprender a filosofar. Lo mismo pasa con la teología, uno puede ser el más sabio e iluminado de los teólogos y luege irse de copas con el diablo. Es una cuestión de fe; o se cree o no se cree....

Ramón Cárdenas empezaba a ser escritor de novelas sin darse cuenta. Un escritor místico y solitario que rechazaba los placeres del cuerpo para dárselos al alma. Ahora, Ramón Cárdenas ya no es monje. Lo dejó. Ahora, es aspirante a escritor de novelas, compra libros usados cada sábado por la mañana en el viejo rastro de Barcelona. Compra muchos; total, sólo valen dos euros. Ramón Cárdenas lee muchos libros. Así, se cultiva y compara estilos de otros maestros que le sirven para calibrar el suyo que es todavía un poco basto, porque le falla el eje principal aunque domina muy bien el conflicto, y sueña que de aquí a pocos años ganará un premio literario y sus libros con el paso del tiempo acabarán esparcidos por el suelo y valdrán dos euros, tres por sólo cinco euros. Los libros no deberían de tener un precio fijo. El precio lo tendría que poner el que lo lee, que desde dos euros puede adquirir uno.

Ramón Cárdenas, licenciado en filosofía, que un día perdió la fe, dejo la vida monacal y le dió por escribir novelas, tira del hilo de la vida como puede, y sus días transcurren del modo que prospera la vida del que acepta la soledad como una manera de vivir. Del hombre libre y solitario que afronta el riesgo de ser escritor. ramón vive solo, más solo que la una, lo que le permite hacer correr la pluma con meditaciones, narraciones y ensayos varios. La soledad del escritor tiene un precio que no todos pueden pagar. El estudio habitación donde vive, en el barrio de Gracia de Barcelona, tiene lo necesario para sobrevivir. Una estantería llena de polvorientos libros, un ordenador antiguo, casi obsoleto, un poco de cocina y un poco de cuarto de baño con olor a humedad. Y un diccionario, siempre a mano, que es la caja de herramientas de un escritor. Un escritor tampoco necesita demasiado para vivir. Ramón se siente un poco prófugo de la vida y lee libros a la luz de una lámpara que casi no ilumina. Ramón, aunque tiene más de mil libros, no los había leído todos. Los ha ojeado todos, eso sí. Pero leerlos, lo que se dice leerlos, habrá leido digamos..., unos cien. A Ramón cuando escribe le cojea el eje principal pero es muy bueno con el conflicto.

Una tarde, ordenando su estantería con más de mil libros -cantidad ésta que se dice enseguida, pero habría que ver lo que ocupan mil libros- estantería tan desordenada que ya parecía de mercadillo y rastro. Y ordenando, le llamó la atención uno en especial que tenía las cubiertas de piel. Y se extrañó, porque más que un libro parecía un diario. Un diario donde alguien había puesto por escrito los días de su vida. Escrito a mano, con tinta de pluma y con letra redondilla. Cosa curiosa le pareció el hallazgo, pues supuso, que como compraba los libros a lotes por dos euros; tres por sólo cinco euros, se le habría colado por equivocación sin percatarse lo más mínimo. Era éste un diario no muy antiguo, finales de mil novecientos noventa, y titulado: A propósito de la vida (El último caballero) Los diarios suelen ser escritos muy privados que nadie debería leer, pero la curiosidad de Ramón Cárdenas superaba toda clase de éticas. Así que, abriendo el diario por el principio, se encontró con un prólogo que así decía: "Esta es la historia de un hombre de espíritu solitario sin miedo a las sombras". Aquellas palabras penetraron hondo en el alma de Ramón Cárdenas.

Ramón, aspirante a escritor de novelas, va todos los días a una taberna que está detrás de donde él vive. Va todos los días. Allí, suele tomarse muchos cafés con leche y lee muchos libros. Además de leer y de tomar cafés con leche, es un poco como el director de unos cursos que se imparten en la misma taberna que él mismo llama "Reuniones y tertulias para jóvenes escritores", donde junto con otros tres jóvenes aficionados a la literatura y el arte de escribir, dan rienda suelta a sus ideas narrativas y comparten estilos. Esa taberna, para él, es como una biblioteca pero más divertido. Las bibliotecas son muy aburridas para ir cada día. Como mucho, son para ir un día a la semana a consultar algo. Ramón, además de leer sus novelas favoritas y participar en tertulias literarias en la taberna, conoce gentes sin interés particular pero que le inspiran, y toma nota de todo aquello que le pudiera servir para su novela. Una novela sencilla con gentes sencillas. Así, los personajes le salen más reales, más creíbles, más humanos.

La taberna tiene por nombre "Cafetería bar Casa Paco, tapas y bocadillos, helados". Al menos eso es lo que figura en un rótulo que hay en la fachada y que encienden de noche. Por la mañana no lo encienden porque da mucho el sol y no se ve... La taberna no era gran cosa. Pero eso sí, muy concurrida y con una clientela muy pintoresca, tanto para los que están de paso como los que son más o menos fijos. Hay una barra hecha a escuadra y cartabón, muy larga, que va de punta a punta del local, en diagonal según se entra. Arriba, subiendo cuatro escalones, siete mesas preparadas para algunos comensales que de tanto en cuanto al mediodía tiran de menú. Casa Paco es algo más que un local destinado a la custodia y reparto de bebidas alcohólicas. COn sus gentes entrañables y curiosas, es un lugar de conversaciones triviales, de comentarios agudos, de filosofías varias, de gentes entrañables y sencillas. En la taberna Casa Paco , en hora punta el ambiente se respira humeante. Lo que más funciona es la barra y la terraza en primavera, porque está situada en una zona de paso. También hay mesas en el interior, pero son como pequeñas parcelas adquiridas por la clientela más fija, son como de propiedad reservada.

Ramón Cárdenas se sienta en una mesa de la taberna y se pide un café con leche.

-¡Hilario!

-¿Qué?

-Un café con leche por favor.

Hilario, es el camarero de Casa Paco. Es un camarero que le queda poco para cumplir los cuarenta. Es un camarero muy quedón y vacilón. Pero es muy buen profesional. Después del señor Andrés que es el dueño, el que manda es Hilario.

Ramón saborea su café con leche, y recuerda como un buen día, le dio por dejarlo todo y tomar el camino del amor al silencio detrás de unos callados muros. Ramón estaba cansado, y no acertaba con la fórmula del arte del saber vivir. Su familia pensaba que se había vuelto loco de remate y que había perdido el juicio, que eran manías y delirios suyos y que no se acababa de adaptar a la sociedad, a la siempre difícil y compleja sociedad. Decidió recorrer los monasterios de España de norte a sur, y de este a oeste, conociendo varias órdenes religiosas; Trinitarias, Dominicas, Clarisas, Carmelitas, Jesuitas..., Ramón Cárdenas quedó sorprendido por lo diverso y desigual de órdenes religiosas a que se puede uno acoger. Él, quería encontrarse a sí mismo, buscarse a sí mismo porque llevaba algunas espinas clavadas en el alma y le dolían como alambres que le pinchaban, se sentían usuario de la vida y quería mirar a los demás a través del ojo de la cerradura, ver y no ser visto, observar y no ser observado.

Por lo tanto, se fue a los monasterios con la provisión justa, una Biblia que nunca había leído, unos cuantos libros de filosofía y muchas cuartillas en blanco dentro de una vieja maleta con la esperanza de llenarlas con palabras llenas de verdad, con las cuales, disiparía dudas de la razón de su existencia, buscando respuestas no siempre cietas, como un ánima condenada. Ramón Cárdenas vivía el presente, porque tenía claro que uno no puede hacer proyectos de nada porque nunca salen, ya que siempre es la vida la que te organiza. El día a día ya es el futuro. Esto de encerarse en un monasterio era una idea que fue madurando hasta que se hizo realidad. Le dio un origen real, fue como si se tomara una excedencia de la vida cotidiana, un paréntesis en su existencia. Quizá, esta es la decisión más valiente que se pueda hacer en la vida, desconectarse de todo lo que nos han impuesto por imperativo y que nos arrastra por agotadores caminos por donde andamos hacia la monotonía que agobia nuestros días.

En la taberna hay un reloj colgado en la pared. Un reloj que marca las horas de la vida. Las agujas del reloj de la taberna van rápidas y seguras. Las agujas del reloj corren que se las pelan. Las agujas del reloj van descontando las horas que nos quedan de nuestra vida. La vida es un mar de preguntas sin respuesta que nos angustia hasta el final de nuestros días. Los días pasan uno detrás de otro y las hojas del calendario caen sin piedad, sin pensar ni por un momento del daño que hacen, es algo sistemático que no pueden evitar que pase. El reloj de la taberna es un guardián que va descontando el crédito de nuestras vidas.

Ramón Cárdenas, que sigue apurando su café con leche sabe, que cuando se escribe unanovela se han de numerar las páginas, porque sino, uno se lía y se pierde en un mar de folios donde acaba ahogándose en la propia historia que se está contando, y se hace unos lios espantosos porque no se acuerda de enumerar sus cuartillas. A veces, le da por escribir de carrerilla, de un tirón, y no recuerda numerar las páginas, se le descuadran los capítulos y se lía unos tinglados de padre y muy señor mío.

-¡Hilario!

-Dime, Ramón, dime.

-Otro café con leche por favor.

-¿Oye, Ramón?

-¿Qué?

-La hoja que está en el suelo, ¿es tuya?

-Pues sí, ¡que número tiene?

-No tiene.

Ramón es un hombre algo despistado y desorientado que navega contracorriente. A comienzos del siglo XXI donde todo se compra y se vende, donde todo se fusiona creando gigantes económicos que lo acaparan todo, donde internet le roba tiempo al hombre y le quita horas de vida para acabar todos en lo mismo; en una página web sexual donde siempre acaban pidiendo dinero y donde miles de masturbadores se lo pasan la mar de bien. Ramón Cárdenas, todavía tira de pluma y folio en blanco antes de que sus palabras acaben en su viejo ordenador. Él, tacha y subraya, arruga folios ya escritos y los tira a la papelera si no le convencen. Algunos se salvan porque él cree que valen la pena. No todo lo que escribe un escritor acaba publicándose, ni mucho menos. Hay miles, millones de historias que quedan inacabadas, olvidadas e ignoradas. Ramón trabaja muchas horas para acabar su obra, tiene fe y no se apaga. Ramón no piensa arrojar la toalla aunque tenga que pasar hambre. Él, quiere publicar, ¡vaya si quiere! Él, quiere salvar el libro, ¡vaya si quiere! El siglo XXI comienza empujando fuerte económicamente y el dinero es la base de todo ser humano. Tanto tienes, tanto vales. Ramón quiere romper el tópico y se esfuerza diá tras día con su ilusión literaria...

La primavera avanza como es costumbre, alegre y decidida. la primavera suele ser puntual y no falla ningún año. En primavera, cada flor está en su sitio y se suelen ordenar las cosas, los sentimientos, las palabras, las poesías. En la taberna Casa Paco en primavera también se entrevé que algo está cambiando. Ramón Cárdenas se pide otro café con leche y empieza a leer aquel diario que encontó en mercadillo y rastro que se titula: " A propósito de la vida (El último de los caballeros)

I

YO, DON FERNANDO

Diario de don Fernando Casto y Torres.

De la misma manera

que un monolito suele ser de piedra, un libro sólo puede ser de palabras. La palabra, herramienta que usa del que algo cuenta por escrito. La palabra, piedra angular de todo libro. La idea lleva a la palabra, la palabra lleva a la frase, la frase lleva a la oración, de la oración llega al fragmento. Y a todo esto, bien ordenado y bien atado llega el libro.

Poco le queda de vida al que escribe estas palabras de su puño y letra. La vida, qué absurdo es intentar desandar el camino andado cuando se está llegando al final del recorrido. Mas, no quiero irme de este mundo sin haber dejado por escrito y despachado las razones de "A propósito de la vida", sabiendo que mi tiempo no ha sido malgastado, ni tampoco aprovechado como sería debido. Y que, aunque intentarlo pueda mannifestar locura, es razón de cordura plasmar en un diario los últimos días de mi vida, pues tiempo quedará para que sean leídas y bien releídas por si algún día cayera en manos que apreciaran tan humildes historias que aquí se cuentan, donde mis palabras no quedaran mudas en este diario, que es novela de discretos. Y para que aquél que las encontrase algún día, las publicase y las sacara a la luz si yo antes no pudiera por estar andando escaso de tiempo. Pues la muerte, que es de temperamento impaciente, y por ser virtud de su oficio, me está esperando a tan sólo tres esquinas. Y que, este diario que yo escribo, en mis palabras y razones pueda acercarme a la verdad. Pero antes de que esto pase, quiero morir escribiendo. Y que si DIos, me ha de juzgar, pongo mi defensa por escrito, puesto que en el cielo no hay más letrado ni defensa que el que yo pueda esperar del justo cielo. Y Dios, antes de dictar sentencia, tenga en cuenta mis palabras. Palabras, que yo he aprendido por mi paso de A propósito de la vida.

Que me llamo don Fernando, sesentón, pasando de los sesenta, pero que todavía no llego a los setenta. Mi morada, sencilla, que por no tener domicilio propio en una hospedería tengo mi techo. Una morada sencilla y discreta, sin ostentación ni alarde alguno, una habitación en que se respira un ambiente de orden, tranquilidad y sosiego, donde mi voz habla aunque nadie pueda escucharla. Mis libros, más compadres que de hombre leído, ordenados en una vieja estantería con la gracia y ternura de tocador de dama alguna. Un lecho de los antiguos, que sin ser de maderas nobles ni de mullidos colchones, al descanso me invita cuando la noche se cierra como es costumbre de cada día, envuelta en mil oscuridades y en mil silencios. Aunque algunas de ellas, de tanto pensar y de tanto filosofar, haga de mi dormir toda una noche de velar. Un pequeño neceser para mi aseo personal en un rincón de la habitación, aunque dada mi sencillez el mismo avío me harían un par de tinajas y una palangana. Y un espejo, ya bastante viejo, que el moho ha empezado a brotar en sus esquinas restando imagen del que se quiere ver, y que donde cada día me cuesta más encontrar el rostro. Que hablo en voz baja cuando no tengo a nadie con quien hablar. Y que sin ser loco ni ido empiezo a imaginar. Y que lo que imagino pone freno a mi entendimiento, aunque mi alma vaya tan lanzada como flecha disparada hacia el firmamento. Pues sabe de buena fuente que queda poco para la partida.

A propósito de la vida en el día de hoy, y maldiciendo la hora y el momento, una noticia me era dada. Una noticia que desenlazaba las razones por las cuales me habían hecho estar enfermo. El diagnóstico del galeno confirmaba las sospechas y no veía la hora de darme la noticia. Pues me era detectado un mal de esos llamados leucemia. Un cancer, que corría por el líquido de mis venas como un depredador cazando a su presa, como un soldado de infantería buscando con furia a la bayoneta de su enemigo, irreversible y agresivo, que iba a darme un plazo muy corto de vida. Y así, dándome esta noticia, inclinada la cabeza y doblado el cuerpo, prodújese un silencio que sólo se podía cortar con la palabra. Y que el galeno, al cual se le embotaban las mismas, reflejaba en su rostro serio y compasivo, comunicándome con diligencia y como pudo que me quedaban como mucho tres meses de vida.

-Créame usted don Fernando, que tengo más de cuarenta años de oficio en la práctica de mi ejercicio. Y por primera vez en toda mi carrera me gustaría estar errado. Pero este tipo de noticias mejor decirlas que callarlas. Pues el yerro en mi oficio no tiene más perdón que el que Dios supiera darme en su justa medida.

Derramé Lágrimas en silencio al oír estas palabras, se rompieron las del galeno al no encontrar ninguna más que lo que la ciencia y la experiencia le decían, al decirme las mismas y no poder hallarle solución a mi cura, ni remedio ni medicina alguna. Aconsejárome el galeno que, mientras hay vida no hay que dar la esperanza por perdida. Pero la misma está confusa cuando se ha oído por labios expertos y de mucho crédito. Sintiérome como el que escucha de un magistrado el temido veredicto. Y una vez leída la sentencia, a la que suelen llamar diagnóstico, levantárome yo del asiento de la consulta del galeno para marchar sin responderle palabra, no por mala educación, sino por que mi garganta era incapaz de pronunciar sílaba alguna y menos aún frase con sentido. Pues el desconcierto hace que todo discurso desafine como un instrumento tocado sin oficio. A pocas palabras buenos entendedores, a palabra muda todos entendidos. Salí de la consulta con lágrimas en los ojos, y pensando que, quizás, ya no pueda beber más de la fuente de la vida. Y saber, que cuando los pájaros despierten al día, yo ya no estaré para escuchar su canto. Yo, don Fernando, Había trabajado mucho en el transcurso de mi vida, antes de retirarme por las razones que les cuento. Y que para ganarme el pan y el sustento, preferí darle al palique que al oficio, que siempre es mejor que ser arriero. Que me ganaba la vida como viajante, caminando por toda España y parte del extranjero, aunque pateando más península que continente europeo, donde pude conocer a muchas gentes. Gentes de todo linaje, desde el más llano pastor al más apoderado procurador o mercader de tierras lejanas.

No mal me iba ganarme el sustento, ya, que, igual comerciaba con la industria de la cordelería que con utensilios de caballería, lo que me permitía de tanto en tanto sentarme en mesa suntuosa de venta, de las que, hoy, llamaríamos moda. Y con tanto viaje por las regiones de España y parte del extranjero, guardaba recuerdos de todo cuanto pensaba, veía o imaginaba. Pues el hombre sin pensamiento ni imaginación, está como muerto.

Había leído en unos viejos libros de flilosofía, cuyas hojas devoraba como el que tiene hambre de saber, pensamientos y reflexiones que daban sentido lógico a la vida. y a medida que leía poseía más verdad. Pero en contrapartida, aumentaban mis dudas sobre "A propósito de la vida". Ya que, a veces, me parecían abismos lo que leía con lo que veía y experimentaba. Que intentaba relacionar a medida que reflexionaba, hechos cotidianos de la vida con los saberes con los que me instruían. Pero tiempo me faltaba para el puro reflexionar. Y a veces, me imaginaba tener algún sabio encantador por amigo con el que poder hablar. Y así pasaron los años hasta que enfermé.

Por ser algo vividor y amante de la buena vida, no había ahorrado un real. Y como el tiempo que me queda es más bien escaso, y cuanto más cerca estoy de la muerte, más que nunca deseo de esquivarla. Quiero, y pongo por testigo único al cielo, que es mi deseo plasmar en este diario verdades para que puedan acabar en libro, con el único fin de dar las respuestas de "A propósito de la vida". Y como mortal que soy, y sabiendo que me tengo que ausentar en breve, tengo muy presente las palabras de aquél filósofo llamado Séneca que así decían: "No has de decir que fulano vivió mucho porque tiene canas o arrugas, no vivió mucho, sino que duró mucho. ¿Pensarás acaso que ha navegado mucho aquél a quien una brava tempestad le salteó ya a la salida del mismo puerto y le llevó asenderado de aquí para allá, y el antojo de los enfurecidos vientos le hizo girar en el mismo remolino? No, no es que haya navegado mucho, sino que se ha mareado mucho". La vida es breve, y para mí, dos veces breve. ¡Que gran hombre debió de ser Séneca!

Así que, de mis viejos libros me hago de mi capa un sayo, y sin más temor que el del guerrero infante antes de la batalla, me enzarzo en cruzada contemporánea de este principio de siglo XXI, sin el pleno convencimiento de mi victoria. Pues sólo la muerte que está ahí en la esquina, esperando hacer su oficio, me pueda privar de emprender tal empresa. Y que si hay un tiempo para vivir y otro para morir, consciente soy de que estoy más cerca de lo segundo que de lo primero. Mi llama se apaga, puesto que dos veces no se me es dado vivir y todavía me quedan mil cosas por hacer. Así que, a lo hecho pecho. Y a todo esto pongo en efecto mi pensamiento, el más leal firme y sincero de todos los pensamientos que ha podido pasar por mi mente en todos los días de mi vida. No tengo miedo, no lo necesito. Y para demostrar tantas verdades juntas, escojo los mejores libros de filosofía de la cosecha de mi vieja librería. Libros éstos, con sus páginas afiladas como estiletes preparados para entrar en el alma del que no razona, no sabe o ignora. ¡Estas serán mis armas de caballería! Digo yo en tono desafiante. y que no persiguiendo, ni favor, ni gracia alguna, y que si no me lo impide la contraria suerte, enseñaré al que no sepa y aprenderé del que ya sabe, y como no dispongo de más tiempo aunque quisiera, decido firmemente buscar la verdad de "A propósito de la vida".

CAPÍTULO II

En la taberna Casa Paco hay un piano. Un piano viejo solo y olvidado, apoyado en una pared donde nadie le hace caso. Un piano de madera con sus teclas polvorientas ya gastadas por el paso del tiempo que no perdona. Un piano que guarda silencio y donde casi nunca suena melodía alguna. Un piano que dicen, se escucha por las noches sin que nadie acaricie sus teclas. Un piano embrujado donde dicen que un alma en pena que vaga en la noche, interpreta partituras ya olvidadas que casi nadie recuerda; un trozo de zarzuela, una aria incacabada, algún pasodoble de los de antes. Es la música que suena y que rompe los mil silencios de la noche cuando en Casa Paco no hay nadie... ¡CONTINÚA EN LA NOVELA!

De la taberna Casa Paco...

De la taberna Casa Paco se pueden hacer varias apreciaciones. En la taberna Casa Paco, aunque haya mucho movimiento cada uno va a la suya. Hay divergencias y diferentes filosofías entre la clientela, algunas palabras contaminadas de las que se hacen oídos sordos, lo que pasa y lo que se ve. Hay clientes que adoptan una situación de observador que les hacen decorativos como figuras de porcelana. Los hay que no están bien en sus hogares, en sus trabajos, en sus tiempos de ocio, y apagan sus penas en la taberna. No hablan, no dicen nada, sólo beben y escuchan, beben y escuchan sin molestar, pagan y se van. Son almas cuyo diálogo es un monólogo interno que les hace sufrir. Quizás una meta inalcanzada, quizás un amor perdido, quizás todo roto en mil pedazos. Cada solitario que no quiere serlo debería de ser escuchado.

Sobre Ramón Cárdenas...

Ramón Cárdenas, sin darse cuenta, inconscientemente, se había convertido en un vagavundo del siglo XXI; un vagabundo de nuestra era, un vagabundo moderno que le daba la espalda a la tecnología para volver la mirada hacia la filosofía. Es dificil ser Filósofo en el siglo XXI; es difícil dedicarse a una vida contemplativa en el siglo XXI. Pero Ramón, que creía estar limpio de todo mal, caminaba por los senderos de la vida sin hacer mucho ruido. A la gente ya no le gusta ir por los senderos, a la gente le gusta ir por las autopistas de la vida, que son más rápidas y más cómodas. La gente no se complica la vida con filosofías baratas. La filosofía sigue sin dar de comer, alimenta el espíritu y purifica el alma, eso sí, pero sigue sin llenar el estómago. La filosofía puede ser hasta peligrosa. Hay que ir con cuidado con esto del filosofar, porque Nietzsche, murió sólo y acabó medio loco y viviendo pobremente, según se cuenta. La filosofía hoy, no da dinero, Bueno, igual es que no ha dado dinero nunca y la gente pasa de largo en estos menesteres. La gente prefiere otro tipo de acontecimientos y actividades en las que no haya que pensar tanto y se pueda ganar dinero rápido. A la gente le falta tiempo, la vida va más rápida que el tiempo y el ser humano quiere ganar al tiempo. Todo está muy controlado y atado. Ramón va contra el viento y le cuesta navegar. Ramón Cárdenas tiene problemas para pagar el alquiler; los caseros no suelen entender de filosofía. A Ramón le gusta su vida mística... Con los bancos no se lleva ni bien ni mal, porque no tiene un euro, él, vive al día, mata el gusanillo como puede y se hace preguntas que casi nadie se hace. ¿Cuantos litros de agua pueden caber en el mar? A Ramón, si no le hubiera dado por ser escritor le hubiera gustado ser una botella con un mensaje dentro para dar la vuelta al mundo tranquilamente, sin meterse con nadie, recalando en orillas desconocidas. A Ramón le hubiera gustado ser transparente como una botella viajar poco a poco, para perderse en un océano de imaginación. La cruda realidad hace que el escritor contemplativo, el escritor vagabundo, el escritor viajero, el escritor soñador sufra de incomprensión. A nadie le interesa el cómo, sino el resultado final; tanto tienes, tanto vales. Uno puede ser escritor y no pasa nada, uno puede ser escritor y no tener un euro, entonces empiezan a pasar cosas. Muchos intelectuales se hacen contertulios de radio o de televisión para sobrevivir. El escritor contemplativo que es Ramón Cárdenas tiene que hacer descabelladas peripecias para llegar a fin de mes. Ser escritor ya es bastante duro de por sí, y más si nunca has publicado nada, y más si los editores te devuelven tu obra una y otra vez, y más si tu familia te regaña diciendo que no serás nada en la vida si no trabajas de verdad...¡ CONTINÚA EN LA NOVELA !

¡ Más.. sobre la taberna Casa Paco!... Sus personajes, gentes comunes vistas casi a diario...

En Casa Paco la clientela se multiplica por mucho. La taberna es un marco de expresión y de belleza, de efectos ópticos que se crean, dodne el sentido estético preocupa más bien poco. A veces, se degusta un género de bienestar, de salud y de comodidad que da envidia. Hilario, el camarero, ofrece soluciones y consejo a los que andan desorientados. Hilario, hace lo que puede y no está obligado a más. En Casa Paco, cuando se reúnen los habituales se forma una combinación casi perfecta, donde se puede escuchar esde la más grande de las groserías a la más tierna de las poesías...

El Dalmau -cliente habitual de Casa Paco-, se creía el gran Houdini y le gustaba mucho hacer trucos de magia en la taberna. Lo que pasa, es que como era un poco patoso siempre se le veía el truco.

-¡Anda tío, que no se te ha visto!

-¿El qué se me ha visto? ¡Ups! Esto es magia pura.

-Pero que magia ni qué leches -dice Hilario con retintin.- ¿Pero no ves que se te están cayendo cartas de la manga de la chaqueta?

-¡Vosotros siempre cortando el rollo!

-¡Anda ya, mago de tercera división! -Yo lo hago de buena fe y para pasar el rato. ¡Anda y que os den!

-¡No te enfades hombre! Haznos aquel truco del pañuelo que saca fuego, que te quemas las manos, y acabas en el ambulatorio de urgencias.

-¡Iros a la mierda! La gente busca la perfección y no cree paranda en la intención. Nos estamos volviendo demasiado exigentes para la poc sustancia que somos.

Dios en el cielo existey cuenta chistes y todos los ángeles se ríen y se lo pasan muy bien. Dios es muy gracioso y ocurrente, y tambien sabe hacer trucos de magia con pañuelos. A Dios tambien le gusta comunicarse con los mortales... Dios recibe el correo cada día y lo lee todo. Las cartas que se envían al cielo no necesitan franqueo... A Dios les estan llegando hasta e-mails... ¡CONTINÚA EN LA NOVELA!

La noche pasa despacio y la gente se entretiene viendo la televisión. La televisión se ha convertido en un elemento fundamental para la familia, sin televisión no hay familia completa. Decenas de canales arremeten contra nuestras neuronas que están vendidas al vicio del televisor. Son neuronas mercenarias al servicio de algún patrocinador. La gente prefiere ver la televisión que leer. El hábito de la lectura se está perdiendo. Un cliente habitual le dice a Hilario el camarero:

- ¡Hilario!

-¿Qué?

-Ayer, estuve viendo la tele hasta las cinco de la mañana, viendo hasta el teletienda, y una tía del tarot que solo decía tonterías pero que estaba buenísima.

-¿Y no tienes por costumbre leerte una novelita antes de acostarte?

-¡Quita, quita! Yo, lo único que leo es el teleprograma.

-¡Di que sí, hombre!, la cultura es lo primero.

-Sí, será porque tú lees mucho.

-Pues para que lo sepas, me estoy leyendo el Quijote, de Cervantes.

-¡Ah! Pues no sabía quién había escrito esa novela. Que es, de espías, ¿no?

La ignorancia está acabando con la sana costumbre de la literatura. La tecnología engaña y se burla de la gente a su antojo y no nos damos ni cuenta. Un libro es para leerlo y disfrutarlo...

¿Porqué Ramón Cárdenas se fue a un monasterio...?

Ramón Cárdenas se fue a un monasterio paradar nombre a lo que le pasaba y que no sabía muy bien lo que era. Se sentía en un estado de impureza, contaminado por el marketing agresivo y la sociedad de consumo, por los teléfonos móviles y por los ordenadores, por la televisión, por la prensa sensacionalista, por desamores que jamás curan, por metas que no siempre se alcanzan. Ramón quería ser él; el que decidiera el rumbo, la latitud y la longitud de todavía su relativa joven vida. Ramón se sentía un poco muerto. Lázaro resucito en una aldea llamada Alzaire, según se cuenta. Ramón empezó a resucitar en un monasterio, según él mismo cuenta. Algunos le tomaban por un tipo original y algo excéntrico, con un punto misterioso. Ramón Cárdenas se sentía un soldado de tropa y él, quería ser oficial. Las monjas y hermanas de los monasterios donde iba, lo acogían. Algunas con mucho cariño, otras con alguna que otra desconfianza, otras le animaban al sacerdocio. Pero Ramón Cárdenas sólo quería encontrarse a sí mismo, sin meterse con nadie. Y escribir, escribir mucho. Hacía vida en las hospederías de los monasterios donde todo funciona al revés de lo acostumbrado, sin comodidades pero con lo necesario. Compartía mesa con algunas religiosas, respetaba los horarios a rajatabla, acudía a los oficos... era sólo una semilla que aspiraba a ser flor algún día. Él, quería escribir, y practicaba el caminar en solitario por el siempre arduo sendero de la alquimia de la palabra. La mágica palabra, que bien ordenada y con cariño le llevaba por caminos que normalmente sólo se imaginan. En el andar por los monasterios, su vida trasncurría en un recinto ajeno al mundo exterior, donde el silencio era roto sólo por el viento. El viento habla, el viento tiene voz, el viento es Dios que sopla con fuerza y asusta alas ánimas que no lo tienen claro. El viento es un canal comunicador que va recogiendo mensajes y palabras por la tierra, como un barrido, para después llevarlas al cielo. Allí, Dios, que no necesita ordenador, las cataliza, las escucha, las comprende y busca remedio o solución. El viento se lleva las palabras de los solitarios, las quejas quetodos hacemos en soledad y que pensamos que nadie escucha... el viento lleva palabras hacial el cielo; confidencialidad asegurada. El viento mueve las hojas de los árboles y las olas del mar para disimular su preciado fin... ¡CONTINÚA EN LA NOVELA!...

Estimados amigos y amigas. Este capítulo que vais a leer a continuación, ha recibido la felicitación de: Museo de cera de Barcelona y Museo de cera de Madrid, respectivamente.

CAPÍTULO VII

LAS FIGURAS DE CERA

Diario de don fernando Castro y Torres.

En una tarde de primavera, encontrábame yo, don Fernando, paseando y contemplando las maravillas que la ciudad de Barcelona ofrece al que caminar le place, dejando la retina yendo a su libre albedrío y encontrando la belleza por donde menos se la espera por el final de la Rambla de Barcelona, paseo éste conocido en el mundo entero, y que aquél que no lo conociera va cojo en percibir maravillas, pues no hay mortal que no lo hayo oído nombrar aunque fuera de referencia. Hallé cosa curiosa e interesante, una casa que era un museo, donde parecía que vivían personas que eran de cera. Una casa que era un museo, donde se exponían personalidades conocidísimas en el mundo entero. Y sin apurar mucho el pensamiento, vínome a la imaginación que lo que allí hallara, no sería tiempo mal empleado ni gastado en balde. Determiné en buena medida, y como mejor idea, pagar entrada y tributo para acceder a la casa donde las personas eran de cera. Una vez dentro y con la aventura emprendida, recorrí todas las estancias, fijándome al detalle y a cada cual encontré más buena, siempre, bajo la fría mirada de unas personas de cera, que daban a aquella casa un toque de encantamiento y otro no sé qué de misterio.

Y como el tiempo no perdona y la hora era más bien avanzada por ser costumbre de relojes, el museo a la noche se ceraba echando el cerrojo hasta nuevo día. Y estando mi imaginación más pendiente de lo que veía que de la hora que se me echaba encima, pasóme el tiempo como la vida misma. Cerrábase el museo a cal y canto cuando fue su hora, quedando yo, don Fernando, encerado en él, sin darme cuenta y sin ser visto de nadie. No encontré puerta ni ventana por donde poder darme salida. Encerrado y prisionero me quedé en este sitio. Eso sí, como séquito y compañía, las personas de cera, me acompañaban inmóvibles y estáticas en sus tarimas y pedestales, como es propio de tan particulares moradores de tan fantasmal morada.

Gran respeto me causó la situación, circunstancia y momento.Y como veía como cosa compleja hallar solución al problema en el que me hallaba.Y, habiendo visto que se tardaba solución a mi problema, tomémelo lo que se dice con filosofía, entendiendo y sufriendo en carnes en eso que llaman aventura, pues todavía dudaba de la verdad de mi circunstancia y el yerro de mi despiste. Busqué la salida una y otra vez por loscuatro costados de la sala. Y al no hallarla, preocúpome lo justo y lo medido, colmando a mi mente de preguntas y demandas, cada una con mil males. Viéndome sin remedio que había quedado preso de mi desorientación, aceptó mi entendimiento que iba a pasar noche en aquel mundo que parecía encantado, donde las personas que eran de cera, no se inmiscruirían con mi persona ni replicarían palabra alguna, pues de cera estaban hechas todas ellas y no de carne como el que esto cuenta.

Determiné yo, don Fernando, aprovechar la circunstancia. Y para hacer andar al tiempo, caminé una y otra vez por todas las estancias del museo de solo a solo con aquel mundo lleno de gente de cera, donde allí nadie se movía y donde reinaba un perpetuo silencio que asustaría a un espectro. Recorrí la sala llamada del "Recital", que es una sala donde se instalan la música y sus artistas. Cousáronme admiración los músicos, Andrés de Segovia con su guitarra y Pau Casals con su violoncelo. En la sala de "Dictadores y pacificadores" acerté a echarme a un lado para que no me viesen en exceso, pues allí, se encontraban nada más y nada menos que personajes de la talla como Adolf Hitler, Benito Mussolini y el General Rommel, que suelen ser personajes que aunque sean de cera, generan poca confianza y activan el asustador mecanismo de defensa y prudencia. Quédeme más tranquilo al aparecérseme la figura de Charles Chaplin que me engendraba más confianza que las anteriores. En la sala de "Artistas y de genios", me encontré con goya y la "Maja"; con el Greco y Velázquez; con Salvador Dalí y su musa Gala, personajes que en principio habían aportado más sustancia y ocurrencia a la sociedad que los dichos anteriores. De las parejas famosas, llamárome la atención Marco Antonio y Cleopatra, y Napoleón y Josefina. En una sala "Dramática", estaba representada la enfermería donde el gran torero Joselito cambió la vida carnal por la divina, a Dios como testigo y el demonio en forma de morlaco para llevárselo a los cielos. En "Viajes fantásticos", me encontré con Amundsen y Julio Verne, excelente explorador el primero y a la zaga el segundo le seguía salpicando de tinta el papel donde escribía. Y en la sala de "Terror", y estando en mi soledad como única compañera, empezaba a acentuárseme la aprensión al ver a Juana de Arco apunto de arder en llama, pues el fuego, que dicen que lo purifica todo, también puede llevar al error de lo purificado. A su lado y no muy lejos, la cabeza de María Antonieta estaba guillotinada en un cesto, separada del cuerpo y, a su vera, un ahorcado y un empedrado. Con muestras de mucho cansancio y, viendo que ya había visto todo aquello que había de ver, sentéme yo en un banco de esos de madera y quedéme dormido en un petecible sueño.

En estas, que yo, don Fernando, en un estado de sueño en fase de vigilia, alertáronme unas palmaditas en la espalda notando la presencia de alguien que no era ni más ni menos que el hombre que custodiaba aquella morada de noche. Guardián del silencio y de las personas de cera.

Y así me dijo:

-A las buenas noches buen hombre, que el horario de visita ya ha cumplido. Y que por lo que veo, que a usted se le ha ido el tiempo a lcielo sin saberlo y sin darse cuenta. Y dígole, como guardián de noche de esta casa, pues ese es mi oficio, que en aquí, donde las figuras son de cera, no hay posible salida hasta que llegue el nuevo día.

A lo cual contesté:

-Que me habéis asustado de grado, amigo vigilante. Que me llamo don Fernando, y como aquí parece, y que si esto no es engaño de mi entendimiento, el tiempo se ha ido a donde más gustase. Sea en buena hora nuestro encuentro amigo vigilante, que si hemos de hacer noche juntos yo daré traza para no comprometerle.

A lo cual me dijo el vigilante:

-Fuera bueno a ver si halláramos solución para pasar las horas venideras, y sacar provecho de su despiste, estese vos muy atento, pues ya se dice que la verdad puede ser castigo para aquél que la quisiera encontrar. Y que le cuento todo esto como hombre de prudencia, no sea que diese algún paso que no desease de andar.

Incorporábame yo, don Fernando, de la banqueta donde había hechado descanso, con el cuerpo inclinado y la cabeza turbia en fase de sueño, preso de una incertidumbre que por hacer pasar tiempo empecé a decir palabra y comenzé charla con mi nuevo amigo. Quedé prendado de un detalle, al ver un reloj colgado en la pared cuyas agujas no marcaban hora alguna, pues de ellas carecía. Y paréceme a mí, que un reloj no marca las horas es pensar cosa absurda, determiné por preguntar para disipar la duda.

-Amigo vigilante; ¿como es que aquel reloj allí colgado y suspendido, no marca las horas como sería de menester?

El vigilante echó mirada y me contestó con otra pregunta:

-¿Cómo puede un reloj marcar las horas siendo de cera?

De repente, y como si cosa del diablo se tratara, algunas figuras de cera empezaron a bajar de sus pedestales y parecía que cobraban vida. Iban unas de aquí para allá, iban otras de acá para allí. Atónito quedé, y empezando a temblarme las piernas como a un títere cuando su amo le mueve los hilos sin control ninguno, al contemplar trémulo, lo que mi persona estaba viendo de manifiesto. Y como no era cosa normal, dudé de que mi sueño pasara a pesadilla en un instante, pues, no acertaba de ver si aquello era real o enfermedad de la mente, que, a veces, suele desordenar los pensamientos y confundir las cosas. De improviso, y con una tranquilidad muy aparente, y como si fuese cosa hecha de cada día, empezó a saludar el vigilante a las figuras de cera, que iban bajando de sus pedestales, incorporándose como cosa de lo más normal al mundo de los que tenían vida.

Se percató el vigilante de la blancura de mi semblante y el pasmo que reflejaba mi rostro. Y dijo éste para tranquilizarme:

-Sepa usted, amigo don Fernando, que aprenderá más una noche aquí que leyendo un millón de libros. Pues aquí, se encierran misterios que yo presto y gustosamente le contaré con suma diligencia si antes no cae en desmayo o pensamiento de locura. No se alarme ni dé muestras de miedo, que de todo hay explicación y entendimiento, aunque ahora no lo vea ni por asomo.

-No pongo en duda sus palabras- ledije-. Más, sería menester que comenzara a darme explicaciones y razones contundentes antes de que piense que estoy en profundo sueño. Y que lo que aquí estoy viendo sea travesura de la fantasía del siempre traicionero sueño, o fruto de todo el juicio perdido. O peor cosa, que fuera empresa del diablo, que tengo entendido, que éste, al ser un gran insomne, nunca duerme y hace camaradería con las almas que de noche se les resiste el sueño. ¡ Pellízqueme si no es verdad todo esto !

-No tema usted, don Fernando, y no se extrañe amigo mío de que ls figuras cobren vida, pues siendo la cera una manera de inmortalizarse y de conseguir la vida eterna, no hay más miedo ni más temor que el que pueda dar usted a ellos. Pues no es costumbre ver a los vivos de carne y de hueso mezclándose entre los de cera. Que para ellas, a estas horas de la noche -que ya son las doce dadas-, todo funciona al revés de lo acostumbrado, y es cosa ésta , que llevan en secreto y que no sabe casi nadie. No temáis pues, que yo me encargo con diligencia a presentarle y mostrarle uno a uno, de sus defectos y de sus habilidades, pues es singular y bien distinta la historia que cada uno encierra. Y que si alguno le negara el saludo, no se apure ni ofenda usted, pues de todas las condiciones, índoles, naturaleza y entendimientos hay aquí representadas.

-No es terror ni temor alguno lo que aquí advierto, amigo vigilante. Pues mi vida ha durado ya bastante como para asimilar y calibrar la empresa que aquí se ve y que aquí se halla. mas, ya que el destino así lo ha querido, no le placería otra cosa a mi entendimiento no pensar que es cosa de demonios y embrujos lo que aquí se está engendrando.

Al oir estas palabras de boca de mi persona, escapósele al vigilante del museo una sonrisa que le cubría toda la cara. Y de repente, y como cosa de lo más natural, el vigilante empezó a hablar con las figuras de cera:

-Despertad las más perezosas, que ya es vuestra hora, almas de la noche, para hacer lo que os plazca pero con respeto a las leyes que os limitan. que a veces, entrais a discutir en razones de las que no alcanzáis el diálogo y alabáis a vastas maniobras como vulgares truhanes. Sed prudentes y mejores galanes, y no os hagáis ministros de justicia que es un don este que no os pertenece por ser figuras de cera.

En éstas, que el vigilante le dice al siempre revolucionario Che Guevara que discutía en razones con otro militar de alto rango, que también era de cera pero de distinto pensamiento.

-Apagad ese maldito cigarrillo insensato, que es materia peligrosa para las figuras de cera, pues no sólo la cera de una vela arde, sino que también arden las figuras de cera como la que vos estaís hecho.

El joven guerrillero, advierte aunque sea de cera, que el guardián tiene mando en esta batalla. Pues se dice que los galones entre los muertos carecen de plaza y de mando.

En éstas, que estaba yo, don Fernando, maravillado de lo que allí veía y me entraba por todos los sentidos, teniendo los ojos más abiertos que ventanales de balcones. El alma, cogida en un puño que me apretaba en todo el pecho y que me dificultaba la respiración, pareciendo estar en un estado de apnea, que es falta de aire.

De repente, el mariscal Rommel, que en principio parecía de cera, hízome señales y gestos a mi persona para que me acercara y entrara en palabras con sus compinches Hitler y Mussolini, militares de mucho rango que siempre generaron más desconfianza que crédito alguno.

A lo que el vigilante me dijo con seria advertencia:

-Atento, amigo don Fernando a según con qué amistades y tratos entráis, pues aunque los que aquí se hallan en su mayoría son gentes de buena fe y mejores intenciones, hay algunos que lían en sus redes como la araña a su presa. ¡ Ignorad a estos caballeros que sólo os pueden traer problemas !

En esto que la figura de cera insistía en su ofrecimiento, y dirigiéndose a mi persona así me dijo:

-Amigo don Fernando, estese atento a lo que le cuento, pues yo le sabría dar solución a su dolor y ponerle fin al camino hacia la muerte, burlándonos de ella como el bufón suele mofarse de la corte, pudiéndole convertir en figura de cera y permanecer entre nosotros siendo la envidia de todo muerto. Piense usted, don Fernando, que todo el tiempo que viva de añadido, será igual a la soledad envidiada por los muertos en su sepultura sin acompañar al alma a salir del cuerpo. No le asuste tal empresa, pues en el mundo de la carne y del hueso se sufre y se padece, y aquí, basta con estarse quieto e inmovil de día para que de noche se viva sin más sufrimiento ni dolor que el de no moverse de día. Pues, es éste, un maravilloso modo de conseguir la vida eterna.

A lo que yo, don Fernando, le dije:

-Creo yo, y espero no caer en yerro, que es condición de la noche que las personas duerman y no despierten como hacéis vosotros, figuras de cera. Y que agradezco su interés por aliviar mi dolor. Pero yo, don Fernando, al final del juego de la vida, veo que la llama de mi candil se esta apagando por ley natural y del destino, y que veo como cosa del diablo, pedir más cartas de las que me son de menester cuando ya está acabando la partida. Pues la baraja, tiene las cartas contadas, y es propio de tramposos e ingratitud de caballeros hacer engaños con la muerte y en el juego, para romper las reglas y convertirse en alma tramposa y de segunda categoría. Pues sería cosa mala manipular la baraja como un trilero, cuando las cartas que se me han dado no son de mi agrado. Y no sé, si Dios, allá arriba, sabría darme licencia para que yo, un simple mortal, intentara cambiar su voluntad divina. Pues Dios NUestro Señor, nos da unas cartas que tenemos que jugar en el transcurso de nuestra limitada vida. Y a los tramposos y a los trileros -con perdón y sin querer ofender a nadie-, a buen seguro que arden en el infierno, que es sitio donde mejor ardería la cera, pues otras materias menos combustibles hacen llama en las calderas del diablo tanto de noche como de día. Váyase el cadáver a la sepultura que es tierra de los muertos, y el alma a los cielos que es su lugar habitual. Pues los muertos, es costumbre que estén bajo tierra por ser ese su sentido, por ley de la vida y de la muerte también. Y que las ánimas, deben de subir a las más altas instancias limpias como patenas, pues hacer las cosas del revés es ir contranatura, y con esta empresa que usted a mí me ofrece, mi alma no tendría la misma virtud y calidad que se le exige a todo cristiano. Ya que la eternidad sería un martirio, y a los ojos de Dios y a la gula del diablo digno de gran castigo. Pues el juez dicta sentencia, la ley aplica, y el reo cumple condena. Así ha sido siempre y así debe de seguir siendo.

En estas, que la figura de cera insistía en sus pláticas y argumentos:

-Sabed, amigo don Fernando, que el diablo no penetra en la cera. Pues éste, es nuestro escudo, impidiendo al alma salir del cuerpo, pues en estos menesteres mejor ir prevenidos y equipados. Os ofrezco con cortesía vender vusestra alma y poder hacer un trueque. Rechazáis ir a lcielo, que por lo que me han dicho es cosa aburrida. A cambio, os ofrezco una vida eterna aunque sea de noche y en las tinieblas. No toméis a la muerte como una sentencia pudiendo engañarla como a un niño y elegir vivir una vida eterna. Que aunque podamos parecer fantasmas o almas en pena, no lo somos de ninguna manera, ¡que caray!, somos figuras de cera y no hay porque buscarle tres pies al gato cuando éste no lo tiene. Piénselo usted, que yo le doy margen y maniobra, y hágame saber alguna cosa antes del nuevo día, porque a esa hora, yo ya estaré inmóvil en mi pedestal y no podré contestarle ni replicarle en nada, no por mala educación, sino porque figura de cera soy. Y ahora, me sabrá disculpar, pues debo de hacer unas diligencias con ciertos caballeros.

-A su atención quedo. Y que antes de que salga el sol, sabré darle repuesta más sensata en la medida de mi entendimiento. Pues esto hay que pensárselo.

-Me hago una idea. Esperaré pues us respuesta.

No pasó ni una hora, cuando la figura de cera me pidió contestación. Y así le dije:

-Que a esta conclusión yo he llegado a su insitente petición, que a la vez es algo absurdo para la razón: me niego a forrar mi ánima de cera, y de muy buena gana me voy al cielo, mas, advertiros quiero, que con esta verdad, os digo que: en esto de pactar con el alma, no quiero deber ni que se me deba, y poder subir al cielo límpio, puro y con las cuentas claras, ni hacerle a Dios desprecio ni burla como todo buen cristiano. Pues el hombre, tiene su destino escrito y no pretendo engañar a la verdad con la mentira. Yo no quisiera ser tercera persona a los ojos de Dios, ni sonámbulo perdido en un sueño camuflado de cera. Ahora soy hombre y luego seré espíritu. Pero me niego a ser de cera, pues mi alma quedaría atrapada en tan sutil e ingeniosa materia. Ya me guardaré yo de la ira de Dios. Pues el alma hay que cuidarla y encomendarla al cielo, que suele ser el procedimiento para conseguir la paz eterna. Sed de cera si queréis amigos míos, pero sabed y ateneos a las consecuencias. Y yo, don Fernando, os hago esta pregunta: ¿Lloráis las figuras de cera? Y si así fuera, qué sabor tienen vuestras lágrimas, que las buenas salen del corazón y suelen ser saladas, y que las falsas engañan con mil sabores todos amargos como el vinagre. No quiero ser de cera pues, ni tampoco que se me cierre el cielo que casi a pulso me he ganado. Y, A propósito de la vida; amigos míos, yo os digo que la divinidad de vuestro ingenio para engañar y hacer fraude al destino y romper los juramentos del buen cristiano, puede ser el peor de los castigos. Y que yo, don Fernando, me contento con ir al cielo antes de hora que arrastrarme por las tinieblas, porque después de muerto, no hay cera sino paraíso.

Y por decir, os digo más:

No quisiera ser instrumento del diablo aunque me ofreciérais ocasión más favorable. Y como la cortesía no está reñida con las buenas maneras, así os digo; Los escritorios para el escribiente, el navío para el navegante y la cera para las velas, para que arda y se consuma, que suele ser su función natural. Pues vos, en vuestra cera tenéis vuestra propia sepultura. Infinitas gracias, pero no me interesa tal empresa. Pues, no hay sentencia con pena más severa, que la de vivir eternamente, no pudiendo ir al cielo por estar privado de la habilitación que a toda alma pura se le exige. Siendo pura locura engañar al destino que ya está escrito.

-Entendemos vuestras razones y no hay más que insistir en el tema. Sino queréis ser inmortal, aunque sea siendo de cera, y preferís vivir entre los muertos bajo tierra, allá vuestro acierto y aventura. Y como le veo un poco de asustado y su cuerpo húmedo y caliente como les suele ocurrir a los vivos, mejor matamos aquí el tema, pues el sudor de su cara nos derretiría, que como vos ya sabe, somos de cera.

En éstas, que ante tal agotamiento, quedéme dormido de segundas otra vez, más por cansancio que por velar el sueño. No debieron de pasar más de dos horas, cuando noté presencia de personas. Abrí los ojos y pude ver el sol entrar por las ventanas, de la misma manera que dos hombres vestidos de uniforme así me decían:

-Que sabrá dar explicación su persona por pernoctar en morada ajena, pues ésta, implica el allanamiento de la misma. Y que, si su explicación no nos fuera de convincente, le pondríamos en presencia de autoridades.

Escuchando esto, yo, don Fernando, levanté la mirada y dí razones y referencias:

-Que sabrán ustedes disculparme, que de los descuidos de los ancianos a veces quitan verdad a la lógica. Y estense tranquilos que ahora mismo les doy razón de mi presencia, y verán como se lo digo de carrerilla. Y que les cuento esto que aquí viene, estando tan despierto como si no hubiera dormido.

Expliqué con claridad y transparencia que su compañero vigilante, guardián de noche, me había dado licencia para pernoctar en el museo por no ser posible la salida.

A lo que los vigilantes contestaron:

-Que sabrá usted disculparnos antes de entrar en discusión en esta controversia. Pues sepa usted, que de noche no hay más vigilante ni cuerpo de guardia que las propias figuras de cera.

En estas, que yo, don Fernando, alzando la vista, veía con estupor a aquel hombre que iba uniformado y que había sido anfitrión toda la noche, sentado en una silla al fondo de la sala. A lo cual indiqué con precisión.

-A ese señor es al que me refiero.

A lo que los vigilantes contestaron:

-A ese que os referís, también es figura de cera y forma parte de la galería de personajes que aquí se exponen.

En estas, que mi estupor iba en aumento, y comencé a pensar, que aquel hombre que fue mi anfitrión de noche, era cosa del diablo, que se suele disfrazar de todo, una cosa mala y del otro mundo. Pues mi mente empezaba a razonar lo que no quería y empezó a imaginar si todo fue verdad o fue mentira. Que, o, que yo me engaño, o esto ha de ser la más famosa locura que me haya pasado en vida. Y que mirando el reloj de mi pulsera, pude ver que coincidía mi hora con el reloj de cera, que la anterior noche de manecillas carecía.

FIN DEL CAPíTULO VII


De la novela: "A propósito de la vida" (El último caballero) ISBN 978-84-96484-71-9

El autor. Sergio Farrás


 

 

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

giverny

giverny dijo

¡Claro que la mereces!...pero todo en esta vida es muy duro y más si no tenes "padrinos"...no quiero desilusionarte y te deseo la mejor suerte para ti.
Te envío un mail a tu privado.
Saludos

28 Octubre 2007 | 09:01 PM

micha mcmahon

micha mcmahon dijo

Hola:
Me sabe mal contestarte tan tarde.... sabes yo acabo de dejar mi blog por falta de tiempo....
Cuando tenga tiempo me parare a leer tus capitulos...
A mi lo poco que he leido me parece interesante.
Asta pronto querido amigo.....
Llegaras lejos.
Besos.

3 Noviembre 2007 | 03:57 PM

hildehellson

hildehellson dijo

Solo paso para dejarle un cordial saludo y desearle lo mejor en su busqueda con esta novela, que bien vale la pena.

8 Abril 2008 | 01:19 AM

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SERGIO FARRAS

Barcelona, España
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Sergio Farrás Bas, escritor y columnista. La novela: "A propósito de la vida" (El último caballero) Estudié Psicología y ejerzo como terapeuta en mi consulta profesional. Interesado por los problemas sociales. Críticas constructivas, irónicas y un punto "kafkianas". Eso si... con todo el cariño del mundo.

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