-¿Bailas?
-No. Eres un poco feo para mí.
-Entonces de acostarnos ni hablamos. ¿Verdad?
El chiste popular nos acercaba a una realidad de cómo podíamos conocer a una chica en una discoteca hace veinte años, cuando todavía ponían las canciones lentas. Baladas esperadas con impaciencia de amador errante y sentidas con la mejor ilusión del mundo, los nervios destemplados y el corazón que parecía que se iba a salir del pecho. Y en nuestra incocencia, nos acercábamos a esa chica que nos gustaba con la incógnita y la brevedad de su respuesta. O sí, o no. No había mucha ambigüedad en la contestación.
Veinte años después, la fórmula ha cambiado bastante. En las discotecas ya no suenan las lentas de "Richie e Poveri" en disco de vinílo, donde los cuerpos se frotaban sudorosos y temblorosos, caricias de piel de melocotón suaves cómo el algodón, labios que se peerseguían hasta encontrarse para fundirse ardientemente, y donde la transpiración de los sudores les servían de medida. El cortejo y la seducción, es hoy ridiculizado por biles hiperactivos, casi epilépticos, con saltarines efectos producidos por la metaanfetamina y otras sustancias poco inócuas que se ve que ayudan lo suyo, y que se clavan en el cerebro como puñales. No todos los jóvenes van del mismo "palo"; bastos, copas, oros o espadas, a elegir o combinado. Eso, sería generalizar demasiado y siempre es peligroso ver estas cosas cómo "un todo". Pero en las locas noches del "no me ralles", donde lo que verdaderamente acaba rallándose son las neuronas que es combustible del cerebro.
-Si bailas conmigo te invito a un "cubata". -decía el chico con ilusión-.
-¡Que no feo! Que no bailo.
La seducción ha perdido su esencia y encantamiento, sustituida por el frío, misterioso y desorientador "chat". Y como todos los oficios, -que se suelen perder por falta de vocaciones y tradición-, vemos cómo "industria más segura", poner en marcha la computadora y dejar que el microprocesador haga el resto. Hoy en día, el poco agraciado que no supo escoger la hermosura como virtud de su bondad, puede jugar a ser príncipe azul con su caballo blanco y todo. -No se sabe muy bién porque los príncipes siempre iban en caballos blancos-.
Internet ya gobierna no sólo la satisfacción de los bajos instintos sexuales y de morbosidad extrema de algunas retorcidas mentes. Sino también, es de uso habitual y recurso como herramienta para conocer a nuesta futura pareja ideal. Protocolos sistematizados, "crea tu perfíl y triunfa", -dicen las páginas especializadas-. Ignorando con desprecio y, a veces, hasta haciendo burla socarrona con perfíles reglados, robotizados y sistematizados. Hechos a escuadra y cartabón, poniendo freno a la lengua, pues nos sirve el frío teclado moviendo los dedos con extrema ansiedad para presentarnos en la corte del "galanteo electónico" como amantes programados, cuestionando nuestras habilidades de seducción, poniendo en duda nuestro ingenio, donde somos fichados, registrados y timbrados en estrictos y preguntones formularios para ver que hacemos cuando no hacemos nada.
Chateando , no se sienten los latidos del corazón ni el ritmo acelerado de la respiración, cómo si nos apretara el pecho con la ilusión del amador que busca en el amor la cura de sus males del alma. Ni esa especie de "gusanillo" en el estómago cuando nos acercamos a esa chica con la ilusión del "que dirá", evitando la conversación clara y frontal. A veces, sin ver más imagen que el reflejo de nuestro rostro en la pantalla del ordenador. Ahora, el que se siente sólo, falto de afecto y de cariño, le basta la sencilla maniobra de mover los dedos fríamente, entrando en un imaginario "galanteo" que no siempre es real. Que no tiene consistencia ni equilibrio, pues le falta la mágia del protocolo y la ceremonial seducción que era transparente como el vidrio, haciendo que lo virtual, séa imaginación de la mente y distorsión del pensamiento que no siempre es real. Es la zona borrascosa de la mente, un precinto en la imaginación que frena el suave y límpio pensamiento.
-Mujer de 35 años, buscando chico musculado de labios carnosos, alto, rubio con melena, ojos azules y que tenga piso y un buen coche. ¡Por pedir que no quede hija!
A los galanes de la vieja escuela, arcaicos y obsoletos, se les puede encontrar en un rincón de cualquier taberna, en estado de embriaguez y melancolía, recordando que otros tiempos les fueron más favorables. Y que ven a internet más falso que Judas. Sintíendose traicionados en la más grande de las traiciones, apartados y abandonados como aquel que "se fue y no volvió". Ya no hay amantes para toda la vida, ni amores que perduren, ni citas construidas con miradas cómplices para vernos los rostros al alba, que es la hora que suele salir el sol, impacientes de que se llegue la hora del comienzo de un nuevo beso con el entrar del nuevo día. Pues las páginas virtuales especializadas, que prometen hallar el remedio de los males del solitario desamparado, se han encargado del desgaste y el "cambia de pareja, es fácil con un sólo clik". El amor, está siendo acuchillado en un oscuro callejón, agonizando porqué se siente sólo y acorralado, siendo privado de el ingenio con el que se "vestía" el aspirante a Romeo para entrar en corazón ajeno. Sintiendo en sus carnes como internet le clava la daga hasta el puño. Hoy, ¿huimos del amor y corremos hacia el vicio? El riesgo de internet, el azar y aventura del chateo, es caer en el peligro de un punto de "no retorno", como aquél que iba buscando el peligro y murió en él.
-¡Callad amantes!, y acercar vuestros labios a la pantalla del ordenador, que con vuestra decisión será lo más cerca que estaréis del amor.
Sergio Farrás Bas. "Escritor tremendista"

Estoy totalmente de acuerdo, no hay nada como el cara a cara, las mariposas en el estomago que todos sabemos que no son mas que cagaleras nerviosas, pero que solo son provocadas por el inminente encuentro entre dos personas que se gustan o son gustadas, pero eso si, en persona.
Hace poco fui a una discoteca. Verano, Calafell, noche abierta... Como discoteca reconozco que ahora son increíblemente "macros", pero como hijo de finales de los sesenta, echo de menos ciertas cosas de los ochenta... y tú das en el cavo en buena parte de ellas. Claro que el hombre, animal nostálgico, peca de añoranza con facilidad y por ello se pierde buena parte de las novedades de la vida, cada vez con más facilidad.