¡ NO TENGO SALDO! MI AMIGO, EL CAJERO AUTOMÀTICO
El que esto cuenta, ni es rico ni es poderoso ni tampoco suntuoso. Pero por las cosas del destino, obligado me veo a utilizar el débito de mi discreto activo. Me dirijo con diligencia al cajero más próximo. Introduzco mi libreta de ahorros por la ranura del cajero automático del banco. La "mole", omnipotente pero carente de majestuosidad cómo lo podría tener una Catedral, se me presenta inmóvil e intimidatorio. El cajero amistoso, engule con avaricia mi cartilla para satisfacer a su gusto. De repente, un ruido estridente y chillón, -parece que está procesando-, sus artérias en forma de cableado hacen ruido como si fuesen murmuros pareciendo que hablan mal de nosotros. Pero servidor, sabe, que la máquina en sí, no tiene sentimientos, ni es discreta ni tampoco considerada y actúa con arrogancia. Y eso, siempre asusta y dá respeto, cómo lo hiciera la justicia cuando entra en casa del bandido. Preparado estoy, porque cuando expulse su bilis, a la que suelen llamar extracto, podré comprobar la miseria y penuria de mi saldo. Y podré decir, -exclamando a los cielos-, aquella necedad de que: "El dinero no lo és todo", que mientras haya salud y tabaco para fumarse la vida, es una pequeñez comparado con la inmensidad y la satisfacción que nos puede dar el vil metal, al que también suelen llamarle tener hacienda.
En la espera, y sin querer estrechar lazos de afecto con el cajero, podré soñar con un saldo de ficción, donde alcanzaré confundir molinos con gigantes. La "mole", como un monolito, inmovible e imperturbable. Puesto a punto, como lo estuviera un infante al entrar en combate hará su oficio. Y qué, si pudiera, me haría la zancadilla, más por confundirme que por desprenderme de mis haberes. Él, acostumbrado a tratar con nóminas que agonizan en ridículos salarios sigue su curso y sólo hace su trabajo, porque pocas veces favorece al qué no tiene. El cajero amistoso, por dentro se ríe y se mofa de nuestro patrimonio. Y que hasta si pudiera, se reiría en la más grande de las carcajadas de nuestro saldo, con desdén y arrogancia ignorando el daño que hace. Y sin más decoro, de que el que por norma le viene programado de oficio con seria formalidad y guardián de su haberes, siendo de inconscientes intentar el engaño. Mil maldiciones echó hasta que expulsó el extracto, que es "papiro" que aparece por otra rendija del mecanismo, y que nos dá las gracias "por utilizar este cajero", en su falso protocolo, atropellando nuestro entendimiento. Y cómo contra las máquinas no tiene un servidor poder alguno, y cómo testigo de esta verdad, el verdadero rostro de nuestra mísera cuenta, dando aviso de falta de activo, que suele ser invitación para pasar a entrar en razones y ponernos en presencia para dar explicaciones al director de la sucursal de nuestra desgraciada desventura.
- ¡No digáis nada!, y saldad vuestra deuda insolvente. Puesto que sí no, seréis invitado a eso que llaman "RAI", que es sitio apropiado para morosos. ¡Avisados estáis, caballero de libreta errante!
- Pero yo..., el trabajo..., la hipoteca..., los niños...
-¡Callad! No quiero escuchar excusas de bohemio ni más signos de derroteo. Pues vuestra desdicha no anula vuestras vergüenzas. Sed prudentes. Y como buen caballero, saldad con honor lo que por imprudencia alargasteis más la mano que la manga en una tarde de lujuria y desenfreno en mercado de abastecería.
- Pero yo... ¡Sólo fuí al supermercado!
- Nada,nada. No excusaros con tretas y engaños si no queréis enfrentaros a mi espada, ni que la justicia os aprenda con las ganas del inquisidor. Y no me contéis más fábulas, quimeras ni falsos relatos, ni historias invertidas que suelen llevar al engaño, de sujeto tan bajo y tan indigno para esta empresa, que con bravura, yó represento. Pues presto, os freno el débito y dejaros sin un real como a un vulgar caco se le deja sediento, sin agua, para que haga memoria de sus fechorías.
-¿Mezcláis medicamentos?, señor director.
No hay pobre que séa rico, ni rico que séa pobre. Pero tan desdichado es el uno como el otro si no saben medir su calibre. El pobre por su desdicha y el rico por sus suntuosidades.
Sergio Farrás Bas. "Escritor tremendista"
