Decía un hombre sabio del mundo del teatro llamado Adolfo Marsillach "tenemos la televisión que nos merecemos". Y el que aquí humildemente suscribe le dá por defecto la razón.

La imaginación del "televidente" es libre, tan libre como su decisión de ejercer el independiente acto de entregar su tiempo al plasma de pantalla plana. Critiquemos, sí. Pero no nos lamentemos por vicio, porque tirar la piedra cuando ya se ha roto el cristal suele ser de necios. Somos responsables únicos de la utilización del mando a distancia para nuestro uso y disfrute. No nos quejemos en exceso, porqué la determinación de "suicidio" neuronal y del entendimiento, con programas basura y debates absurdos de cualquier desgraciado famosillo de usos y costumbres muy discutibles, es sólo responsabilidad de nuestro juicio y raciocinio. Pues la elección y la libertad es un "Don" que se nos ha dado. Críticas a la "señorita" de turno que manifiesta que ha estado en la alcoba con "fulanito", o el macho semental sobrado de testosterona que va diciendo por ahí que la tiene más grande que nadie. Estos personajes no son precisamente "ninfas de los mares", porque suelen expulsar el demonio por la boca, gastando mucho la cara y su poco ingenio a cambio de decir tonterías. Y sin ser grandes habladores, se ganan la vida murmurando con contaminadas palabras de odio, ira y saña. Llegando siempre al conflicto de lo discutido porque esa es su esencia. Estos subporductos de programas de entretenimiento, empiezan hasta a tirar de inmigrantes para hacer "relleno", demostrando así su limitado ingenio, chillando por los platós como si estuvieran faltos de intelecto y del juicio todo perdido.

Ver las miserias y desdichas del prójimo parece ser que está de moda. Y se vé, que excita lo suyo y pone cachonda a la gente. Amores perdidos por hombres agilipollados que un día les dejó la mujer, -igual por algo será-, hermanos que desaparecen porque les dió la gana sin querer dar más explicaciones del oficio y empresa que emprendieron. Hijos que fuman porros y dice la madre que es alcohólica que eso le preocupa. Niñatas con las piernas asimétricas que dicen que quieren ser modelos. Borrachos descerebrados y arrepentidos que manifiestan públicamente dejar de beber y que no zurrarán a la parienta "más de lo normal", con el único fín de aplacar sus propias frustraciones... ¡mentira cochina! ¿Y todo esto genera nuestro interés?

Cuando cae la noche en su mágia envolvente, algunos matrimonios donde el amor está ya gastado, donde el diálogo hace ya mucho tiempo que se convirtió en un vil monólogo y las miradas cómplices ya no se cruzan, y que con gestos de resignada apatía "zappean" en el más aburrido género del aburrimiento, ya secado el amor. El marido viendo el tele tienda o alguna película de "señoritas de tú" y masturbándose con desgana y poco oficio, sentado en el sofá porqué no lo tiene muy claro. Más por descargar sus propios vicios que por el placer de tan sana conducta, hasta quedarse dormido mientras la mujer "chatea" animosamente con el vecino.

Uno tiene sus dudas sobre quién recae la responsabilidad de esta controversia. Si sobre las cadenas de televisión o sobre nosotros mismos, que somos ejecutores de lo que tan villanamente nos quejamos. Ignorando que la vulgaridad también se puede medir con la vara de nuestro oscuro pensamiento.

Ahora, Adolfo Marsillach que está en los cielos, hace bellas coreografías con ángeles ilusionados y embriagados por la fragancia del infinito ingénio del maestro, acompañado con el susurro del arpa de alguna hada encantada, y donde todas las almas puras en el cielo hacen corro y saltan de alegría. Mientras aquí abajo Alfonso, te echamos de menos.

Sergio Farrás Bas. "Escritor tremendista".