Como en los tableros de ajedrez, en la vida como en la política, este juego de estratégia tiene sus torres, sus álfiles, sus caballos..., pero también tiene sus peones que suelen ser la voz del pueblo. Los políticos españoles andan desorientados y perdidos, probablemente del todo merecido. Ignorando que en todo tablero hay unas reglas que seguir y que no siempre vale todo. El político en precampaña va dando voces allí donde se le escuche, actuando como el arriero y el cuanta cuentos, hiendo de pueblo en pueblo, contando fábulas, parábolas y agudas invenciones para conseguir el voto del ciudadano sea como sea. Porque se ve, que el poder les vuelve locos de placer.

El elector, que suele ser criatura confiada, está aburrido y desencantado de tanta oferta, molido por debates televisivos y tertulias paralelas casi a diario que se les hacen pesadas e inacabables, y que tampoco quiere estar oyéndolos noche tras día. A veces con mensajes misteriosos y llenos de disparates. Y que harto de votar al partido que más confianza suele generarle, vé como al final se cambian "estampitas" con otras formaciones, más por el intento de acceder al poder que por convicciones propias, donde unos fueron lo que ya no son, y otros, son lo que ya no fueron, tomándonos a veces a los electores por gentes idiotas y de poco entendimiento, donde los políticos todo se lo guisan y se lo sirven a su modo. Despistado y errante, a la deriva va el ciudadano con su buque, porqué está acostumbrado a la miseria de su paga.

Parece que el político de hoy carece de carisma, y el buen talle poco le sirve. Carente de una voluntad que lo implique de cumplir lo que promete. Porque igual, después no pueda adquirir el compromiso de lo prometido. Y eso, se nota en el desencanto del ciudadano, que el día de las urnas se va a la playa con su familia o a fornicar con su amante, -cada cual reacciona según sus preferencias o debilidades-, dejando de lado el derecho al voto, más por sentirse desamparado por tanto palabreo que por descortesía. La falta de credibilidad y el desgaste político, ha propiciado la desdicha de esto que le llaman abstención. Y esperando que se llegue, el día de los sufragios, donde los presidentes y vocales de mesa se cuentan chistes ocurrentes y divertidos entre éllos, más para pasar el tiempo que por descortesía a su pueblo.

¡ Habla pueblo habla, tuyo es el mañana !

Discursos gastados y oxidados, promesas a veces innecesarias, descalificaciones varias, donde a veces les valdría más el maravilloso secreto de el silencio. El pueblo quiere hechos, no promesas de "amor". No se puede ser el más grande de los amadores sino se cumple la palabra de lo dicho a su doncella. Pues todo queda en estéril promesa más propia de mercader y marchante, ignorando que el político debe de ser persona íntegra en palabras, pues recibe la confianza de su pueblo. El político ofrece amor pero tiene muchas amantes. Y claro, el elector se siente engañado y traicionado. Y la traición del político queda clavada en el corazón del votante que no olvida. Sintiéndose abandonado por ser gente de confianza, viendo después, como su voto es utilizado con mucha habilidad y peor gracia.

Y como decía Platón en la "República", el legislador no puede proponerse la felicidad de cierto orden de ciudadanos con exclusión de los demás, sino la felicidad de todos. Lo contrario sería la Timocracia, donde el gobierno de los hombres guerreros sólo piensan en generar combates y conquistas aunque séa con la palabra y tirándose los trastos a la cabeza en debates, broncas, grescas y otros cuentos. Porque amigos, la democracia no es negociable. Para mover y avanzar en el tablero del ajedrez, hay que poner la mano sobre la ficha.

¡ Habla pueblo habla, tuyo es el mañana !

Un día de estos, el ciudadano se callará, más por indiferencia a sus legisladores que por ganas de evolucionar como pueblo.

Sergio Farrás Bas. "Escritor tremendista"